martes, 1 de mayo de 2012

Ley orgánica de supresión progresiva del sabor en prevención de la supervivencia del edificio aséptico

Van a tirar, van a tirar dos casas
de la calle Zaragoza.
¿sabes tú qué casas son?
¿sabes tú qué casas son?

La 29 y 31
las más bonitas de la calle
las más bonitas ellas  son.

domingo, 8 de enero de 2012

Buscando la luz verde


El primer taxista era de aquellos que dan miedo. Eran las 5 de la mañana del día de año nuevo y volvíamos de bailar y beber en casa de unos amigos. Jordi Mestre ya me advirtió hace años de que me despreocupara de ouijas y zombis, que los taxistas sí que pueden ser siniestros de verdad. Nos confesó Orlando, que así dijo llamarse el conductor, que era mayor de lo que parecía que lo había pasado mal en cuestiones del amor y que... en estos puntos abrazó el dispositivo antidesnucamiento del ausente copiloto y giró su cabeza hacia mi bella acompañante y me pidió disculpas de antemano. Se os ve muy felices, pero yo podría haberme enamorado de ti, ¿cómo te llamas? Me puse alerta y comencé a esbozar un retrato robot de aquella filosófica frase. De modo que se podría haber enamorado de una mujer que iba acompañada, disculparse, explicarlo sin rubor, para acto seguido abalanzarse sobre su presa preguntando su nombre. Todas estas elucubraciones que caben en dos líneas injustificadamente se me llevan mucho tiempo y no pude atender al resto de la conversación. Para cuando recuperé la realidad ya estábamos en el semáforo de la plaza y simulaba anotar el número de teléfono de Orlando ante su insistencia. A cambio sólo nos exigió que si encontrábamos un trabajo relacionado con el mundo animal le llamásemos. Porque me gustan mucho los animales.

En épocas de estrecheces económicas siempre acabo cogiendo muchos taxis y al cabo de pocos días me encontraba a bordo de un Seat Toledo conversando con otro conductor del ramo. Me explicó que el oficio de taxista era muy extraño y que, a pesar de llevar sólo una semana en el trabajo, ya era considerado un profesional por todo el mundo y que si uno quiere que le traten de usted sólo tiene que subirse a un coche negro y amarillo.

Anteanoche regresé en taxi con un percusionista amigo mío, y, de nuevo, la bella mujer pretendida por el primer taxista. Mi amigo músico, se sentó en el asiento de delante y nosotros dos detrás. Hablamos durante todo el trayecto, riendo convencidos de que estábamos protegidos. Sabíamos que esta vez el taxista iba a guardar silencio y a ser respetuoso. Y así fue, sólo sonrió tímidamente y miró un par de veces espontáneo y asustado a través del retrovisor hacia nuestra posición. Entonces lo descubrí. Es inexplicable, pero lo cierto es que el verdadero poder de esta estirpe de hombres oscuros (y amarillos) se encuentra en el asiento del copiloto. Al igual que a Sansón con su cabellera, cuando les falta el alma hueca y fantasmagórica del asiento de al lado, los taxistas no son nada. Por eso mi padre siempre dice, súbete adelante, hijo, que si no, parezco un taxista.

viernes, 2 de diciembre de 2011

2009 (encontrado en una libreta)

Esto es lo que había en Granada más que rabia a los sevillanos y más que una nada donde nadar nuevo. Porque se viaja huyendo siempre, pienso. Y se viene conociendo, vamos. A todos menos a uno que a eso vamos, a olvidarnos del camino largo y a saber que no sabemos. Y ya hemos llamado empezar antes de llegar. Pero acabar...eso sí se pone imposible aunque atenúa que no te vean. Y luego según quién como te ve, te transforma. Y a mi me molesta que me vean mal porque me presento mal que ni siquiera la revés, sólo mal. Otro diría y yende ser otro, diría, cuando te gustaba ser tú. Busca sin volver atrás ¿cómo? ¡Pero si está prohibido! y no tengo a mano mi yo del futuro ni el del presente ¿pero este quién es? El que promete, el que inventa. Si yo estaba ahí, a media tarde, ante el Neixement siendo un poco el mundo, un mundo yo y despreocupado de los otros, para poder estar cerca se tiene que ser periférico y cinético. Palabras te puedo dar donde ya no importa el sentimiento ni lo sincero, se compra el pan. Para mañana, el hambre y la hembra y el hombre, penumbra que nombra la tundra. Y coger el autobús, que sepas que estás subiendo, y qué más da, y cómo se hace y para qué hacerlo si no sé hacerlo y para qué no preocuparse.


Y que relean los atletas que yo huelo a chocolate y no entiendo mi arcoíris ni me subleva tu Peter Pan. Principios de príncipes que bucan el sol como el que reniega de la mitad de su destino, condenado a no compartir con nadie. A acompañar doliendo y dónde, dónde, dónde. Cuando eso es ahora ya. O luego, y ya no funcionan las viejas fotos, ya no hay anda. Sólo lo que aparece y desaparece en un continuo ataque de realidad y la repugnante sabiduría. Y la mente llena y el espíritu vacío. De darse chascos a uno porque un es chasqueable. Y después despierta huyendo de la resaca y buscando la sed de la sed. Y ser. O parecer. Por todo ya sé que no distingo y si no distingo cómo sé que es así. Más sencillo sería abrazar el domingo armónico y progresivo que es la hora de comer. Ciencias políticas que estudiabas son ahora tres carreras inventadas que simulas en el ascensor. Porque a la tarde todo volverá a ser lánguido y la intermitencia se volverá sal. Y todo sabrá a sal. Pero no es así.


Que me espacio en el espacio y escribo para nadie y ahí es nada que sin saber si es la buena no sé si es la buena o está llegando. Todo es imposible y nadase puede tocar como en un viaje al pasado donde ver cómo pasó, consistente. Y no ahora que todo puede ser contado y cambiado. En mi pantalla me quedaba yo mirando la película del día que ya no proyectan, los multicines también acabaron con mi imaginación y mis hoyos con mi serenidad. Y lo más normal del mundo, el desamor, la inconveniencia y otra vez, saber...




no voy ni por la mitad pero no transcribo más pero no sé por qué.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Un món per estrenar


Un mundo por estrenar es el nombre del blog de mi sobrino Pau. Él ve así el mundo, por estrenar. Qué pequeños nos quedamos los mayores ante la visión rápida y fresca de Pau. La pulsión de lo nuevo que buscamos desesperadamente en amores, trabajos, estudios, viajes, noches, paseos matutinos. O hasta en los recuerdos. Pau no tiene muchos recuerdos, ahora mismo los está fabricando dibujando inexplicables monstruos, tocando la guitarra o, yo que sé, masacrando zombies en la play.

Yo sí tengo recuerdos. Y me codeo con otras gentes que también tienen recuerdos y que de ellos construyen algo a lo que llaman sabiduría. Ellos, nosotros, decimos que sabemos. Sabemos algunos de nosotros que, entre otras cosas, hay que cambiar el mundo. Sobretodo por lo que hemos vivido los últimos años.

Mi generación, me aproximo a los cuarenta, ya nacimos con lo de las guerras y la desigualdad, pero de lejos. Nos reímos de nuestros padres que nos explicaban no sé que historias de reales y de céntimos de peseta. Nos quedábamos absortos intentando imaginar al yayu con bata y pantunflas haciendo cola para empuñar un fusil en la plaza Catalunya. O a la yaya paseando por el mercado del extraperlo con la cartilla de racionamiento ya gastada. Y que todo esto era campo y que el Barça era un segundón maltratado por el régimen y que la Diagonal llevaba el nombre de a Avenida del Generalísimo.

Un extraño giro de la historia llamado transición, auspiciado por una futurista y ya doméstica tecnología cambió las cosas y, de una manera u otra, apareció algo que se llamaba política. Y con ella la ilusión, mucha ilusión. Y colores. Y fascistas de los del garrote vil maravillosamente aperturistas de pronto y comunistas de los que antes llevaban cuernos reconvertidos en bondadosos negociadores que sacrificaban la revolución para optar a clase política legal. Y opciones intermedias que habían encontrado el camino de la libertad y de reconciliación, de la que aún no se tenía noticia o mejor dicho era un jardín en el que era pronto para meterse. Sé que en éste párrafo es donde nos quedamos muchos y que la máquina de los recuerdos echa humo y que aquella transición, como buen germen, se convierte en el penalti del uy si lo hubiera pitado el árbitro. O la historia de cuarenta años del entierro de toda una república (con bandera y todo) tan participativa y moderna que si existiera ahora sería la más avanzada del mundo. Enterrada o arrinconada en el baúl del desván (el alzamiento debió situarla allí arriba) por la gracia de Dios. Pero sigamos.

En los años siguientes, la fiesta política fue tan pomposa, florida y pajaril que nos perdimos una sutileza: A dónde iba a parar el poder. Porque, efectivamente, daba la sensación de que todos los presidentes tenían la letra Z en su apellido (lástima no era la Ñ) y que además eran capaces de heroicos cambios que había que hacer por culpa de la herencia del otro que no sabe. Y, si me permitís el chiste, nos dejaron a todos ZZZZ mientras reculaban paulatina pero imparablemente ante el verdadero poder emergente: La economía. Una fuerza abstracta, creciente y encorbatada que se llevaba bien con todos porque fabricaba algo que nunca vimos: El dinero. Entonces, en algún momento la clase política comenzó a instruirnos acerca de algo realmente variable y omnipresente, ajeno pero doméstico. Laboral pero industrial. A todos los niveles. La economía. El precio de un café, impuesto sobre el valor añadido (¡olé!), facturas del gas, crecimiento económico, pisos a cincuenta millones, unión europea... Unión europea sin valores fijos, sólo el económico. Unión que llegaba o se nos escapaba de las manos y a la vez nos hacía pensar “se van a enterar estos americanos”. ¿Cuando dejó de ser usted comunista? Le preguntaron a Josep Piqué un día. A lo que éste respondió genialmente: Cuando estudié economía.

Hace menos de un año nació algo llamado Spanish Revolution. La gente salió a la calle. En Madrid, en Barcelona, en las demás capitales que se sumaron pronto. Aparecieron respresentantes en prácticamente todos los pueblos de España y también en Europa. Y en todo el mundo. Algo nuevo estaba pasando. Consignas miles que podrían resumirse en el estribillo del conjunto argentino La Bersuit Bergarabat “devolved al pueblo su generosidad” se oyeron y se oyen en concentraciones más o menos regulares. Se me ocurre que, si bien el movimiento está dotado de contenido social, la razón por la que no se ha constituido en partido político es porque no nace, no vive con vocación política como prioridad. Es más bien un “oiga no me robe” terco hasta el final.

Hay armas políticas, que se dice ahora, de lo más peregrinas. El terrorismo y el paro, por ejemplo son dos de las más reputadas y atómicas. Sólo con reflexionar un poco uno ve que ambas están pasadas de moda. Lo del terrorismo está en el final del camino desde ya hace años según dice todo el mundo... y lo del paro, sencillamente, no es tan grave como la desigual repartición económica. El paro es global, espectacular, demagogo en sí mismo, absurdo y necio. Si hay cosas que hacer, hay trabajo. El problema es que nadie puede pagarlo. El problema del paro es el problema del dinero, hablen con la gente que trabaja. No es que no llegue a fin de mes, es que deben más de lo que pueden pagar. Es la repartición económica y el empleo de la deuda como herramienta de extorsión social lo que nos ocupa. En mi opinión, y el cálculo es matemático, si desaparecieran las deudas, aparece el trabajo.

Hacer una revolución en un año es como querer hacer una paella en cinco minutos. En nuestro momento de la historia el capitalismo se está devorando a sí mismo. No sabemos cuánto tendremos que hacer, cuánto habrá que esperar o cuántas veces salir a la calle. Me atrevo a decir que veremos el cambio casi de golpe y que nuestro cometido ha de ser más reflexivo que de organización. A saber pensar. Sí, creo que nuestra obligación se limita a querer verlo llegar. A entenderlo y a querer que llegue.

En este punto de mi escrito mi sobrino Pau ya no debe estar leyendo esta sarta de aburridas ideas aldultas aunque debe estar mirando entre partida y partida esta lluviosa tarde de otoño pensando: A veure quan surt el sol d'un cop i puc seguir estrenant el món.

lunes, 24 de octubre de 2011

heroes del aire

 
 Cuando algo funciona perfectamente cámbialo todo de arriba abajo. (A. Perarnau)

Existe un tipo de despiste ajeno en mis recuerdos que se redibuja en el aire a cada paso como una religión. Es él el que necesita que siga creyendo. Una religión sin dios, según consejo de Osho, y sin drogas blandas.  Huyamos de la maría persecutoria.

En 1917 dibujé la insignia del rancho de mis padres en el lateral del avión. Y es ese dibujo, mi honor, el que me hace vengar a mis amigos y matar muchos alemanes. Y llegar sonriendo a casa de Lucienne y sus hermanos cuando está lloviendo a cántaros y decir: menudo día elegí para volar. Tras la guerra todos están más o menos en su sitio, pero yo jamás volví a París. Y llovía, sí que llovía. Y debía ser  el 23, porque el 22 de octubre nunca llueve.