jueves, 10 de octubre de 2013

Menos mal de nosotros, menos mal.


Que distante se hace lo nuestro y querer hornear (¿doble horneado?) el otoño que me coge ahora en época más naturista y la máquina de dorar la vendí o guardada está -no recuerdo- y me hago a la vida por la ventana. Yo creí un día que era cuestión de ser contemplativo o meollero y no contaba, no contaba con este otro momento. El de siempre, tal vez más fuera que dentro en todo y tal vez innecesario como pocos. Aboliendo importancias y dejándome caer por el río, muerto de risa. ¿Pero de qué me río? De no volver. Por eso no dejo de fumar. Tú ya sí. Bien. Que no me acuden las palabras y sí las hipérboles como queriendo estar, como queriendo caber. Y ya.

Qué lejos todo lo que no es vosotros, que lejos.

martes, 3 de septiembre de 2013

No ser nada




Socialmente nada y mentalmente lo menos posible. Un ejemplo, un día. Uno se levanta y está de vacaciones, y mañana no trabaja. No vale, es algo, es un veraneante. Y si está en otro país, un turista. De modo que tampoco es cuestión de kilómetros. A ver este que vive al margen del sistema, parece que no es nada. Toca la guitarra y hace sus canciones. Despreocupado que sólo piensa en cantar por los bares...nada, tampoco, resulta que está hecho un vendedor y es más obtuso que los fijobundos de la corbata verde. Tal vez un rato al día. Barrer el suelo no es ser un barrendero, ¿dónde está tu cabeza cuando barres el suelo? o viendo la tele. ¿Qué eres entonces? Espera, mira aquel qué dice, dice que no tengo tele o peor yo no veo la tele. Será que no la miras, centollo. No ver la tele es un ejercicio malabar tan complejo que aún no se ha practicado en ninguna olimpiada.  Por otro lado parece que si no miras la tele, un poder divino te compensa inoculando a tu mente el conocimiento de toda la biblioteca de Alejandría, pero eres un antitele. Soy informático, soy amo de casa, S.S.L.L. que se escribía antes, soy un ciudadano americano, soy un usuario.

La cuestión tiene su importancia filosófica, pero en especial llega a ser crucial cuando te preguntan, que suele ser un desconocido, Y tú ¿de qué trabajas? ¿qué haces? ¿de dónde eres? No lo dice claro pero está pensando ¿qué eres? o como en las películas ¿quién o qué eres? Puede pasar que le digas que estás en el paro y que no te pregunte nunca nada más en su puñetera vida. Es un parado, y con eso tiene suficiente. No soy nada imagino que un día podría decir. Uy, este seguro que ni vota. No tiene nada por dentro, es un caixero automático. Que no soy nada. Se lo tomaría a mal porque es una buena respuesta, que no se puede mejorar a no ser que seas Jordi Mestre. Yo es que trabajo en el Sport. Coño, así cualquiera. Si yo pudiera decir algo así... Soy humanista y escritor, me gustaría decir. Compongo sinfonías y proclamo repúblicas. Me dedico a las finanzas. Salto cabras muertas, bebo charcos, choco barcos, choco-barquillos... pues no, no soy nada, te pongas como te pongas.

¿Y tú, cuánto tiempo hace que no eres nada?

jueves, 17 de enero de 2013

Historias del Cáucaso

Maravilloso cuento escrito por Jordi Mestre y Mr Rodríguez




Vivía en un pueblecito del Cáucaso un leñador subnormal llamado Nicolás Corraliza, infinitamente casado y felizmente pobre. Corraliza poseía tres hijos, Nicco, Tulba y el pequeño Bundesliga. Un día, Bundesliga se perdió en el bosque y a nadie le importó. Así que volvió, de modo que sigamos.
            Mamá Corraliza, a quienes todos llamaban Mamá, había conocido a Nicolás en tiempos en que ella era más pobre de lo normal, para aquellos tiempos, claro. Gracias a la unión de ambos, Mamá Corraliza fue desde entonces una pobre normal.
            Tulba, el hijo mediano de Corraliza, era menor que Nicco y mayor que Bundesliga, lo cual le valió el apodo de “Tulba el mediano”. Recuerdo cuando la familia se reunió alrededor de la mesa el día que Tulba cumplía la mayoría de edad. Como reza la tradición, el joven formulaba un deseo en voz baja pero que se oyera. Tulba no decepcionó a los suyos: “Quiero títulos”, dijo. Su padre, serio, le respondió: “Solo prometo trabajo, trabajo y trabajo”.
            Bundesliga era un niño muy fuerte no exento de técnica pero carente de buenos modales, lo cual le valió el apodo de “Bundesliga el Cerdo”.
            Nicco, en cambio, era sordo y trabajador, así que le llamaban “el centrocampista de contención” porque hacía el trabajo sordo para el lucimiento de sus hermanos. La familia entera se creía el CSKA de Moscú, de modo que en lo que a mí respecta se podrían ir a tomar por culo. En fin, el Cáucaso es así.
            Nicolás Corraliza no tenía ni pies ni cabeza así que apenas se movía de su ataúd, pero tenía un mal genio infernal, y cuando se enfadaba toda la familia corría como pollos sin cabeza, vamos, sin explotar sus calidades.
            Un día, Nicco, huyendo de la cólera de su padre, se cayó en el pajar y se rompió los ligamentos cruzados. El doctor Til, doctor Geloca Til, diagnosticó que Nicco estaría seis meses en el dique seco. Para animarle, su familia le homenajeó luciendo una camiseta que rezaba “Animo, Masa Nicco”. Para reemplazarle, Corraliza fichó a otro hijo, el veterano niño Kidiatulin, quien al conocer la cólera de Nicolas salió corriendo hacia el pajar, donde se rompió los ligamentos cruzados.
            Fue entonces cuando la psicosis se apoderó del vestuario de los Corraliza y en los siguientes días rindieron muy por debajo de lo esperado. Tocaron fondo, perdiendo los tres puntos y entraron en lo que se conoció después como la debacle del bosque.
            Finalmente Corraliza fue destituido lo cual le valió el apodo de “el destituido” y los demás estuvieron muchas jornadas riéndose de él y corriendo como pollos sin cabeza hasta que se recuperaron Nicco y Kidiatulin y por fin vieron el final del túnel, ganando la Copa del Zar y clasificándose para la desaparecida Recopa, lo que les permitió salir de la extinta Unión Soviética y venir a España, donde ganaron millones de las antiguas pesetas.

viernes, 26 de octubre de 2012

Paraguas en llamas





Estos sucesos tuvieron lugar hace ya unos años, pero no muchos.  Aún no se hablaba de crisis, es más, diría que todo era exactamente igual que ahora pero sin la palabra crisis. Por lo tanto no molesta imaginar la historia en el contexto actual.
 
Hay vendedores buenos y hay compradores fatales.  Y yo pertenezco al segundo grupo. Se me hace muy difícil no comprar algo -lo que sea- a un vendedor clásico. No importa demasiado la táctica que utilice ni el artículo que desee venderme, ya puede ser creativo, un paraguas, agresivo o una tostadora, que si me llega, lo compro.

Se compran muchos paraguas en este país el día mismo que se pone a llover, y yo fui aquel día a comprarme uno. En esos días me gustaba de vestirme de negro, con el pelo negro,  y el pantalón estrecho igualmente oscuro, zapatos negros… que iba hecho un tuno, vaya. Y pensando en mi propia y excelsa figura de misteriosa sombra paseante bajo la lluvia, la verdad, no me veía con uno de esos paraguas de tres euros de color dudoso, así que pasé de largo del amable indio mientras me imaginaba a mí mismo con un elegante y negrísimo paraguas de bastón. Así fue que me detuve ante aquel inmenso escaparate que mostraba la marroquinería típica de barrio bajo un cartel amarillento con letras granate. BOLSOS MAR, decía.
Los bolsos estaban hacinados unos encima de otros como sardinas. Cientos, miles de bolsos, carteras, monederos. Poliésteres rojizos y pieles negras -de primera- hasta donde alcanzaba la vista. Hasta el techo, por la pared, construyendo pasillos y estantes por doquier, en el mostrador, encima, dentro, acumulados, unos dentro de otros, bolsos, carteras, monederos, y algún paraguas. Ante mí (en lugar de alguien llamado Mar), un simpático anciano menudo, vestido con tirantes, mirándome por encima de unas pequeñas gafas, diría yo que de oro. ¿Qué desea? Un paraguas, me gustan los paraguas largos, de bastón, ¿entiende? El dependiente afiló su atención como si estuviera esperando un santo y seña. ¿De bastón? Comenzaba a pensar que no me había explicado bien, cuando el hombre me hizo un gesto  felino con su mano. Venga conmigo. Tras de aquel pequeño habitante de Bolsos Mar accedí a la trastienda donde se multiplicaban los bolsos, las carteras, los monederos. Y los paraguas. El hombre desenfundó uno de los paraguas polvorientos introducidos a presión en un estante: una preciosidad exactamente igual a la que estáis imaginando. Es alemán, me dijo. Este es un buen paraguas, sí señor, un muy buen paraguas. Es algo más caro de lo habitual, pero es un buen paraguas.

Y salí de la tienda con aquella flamante extensión de mi mismo. ¡Qué  elegancia!, ¡qué camine!, ¡qué abrirse! ¡qué repeler el agua! Todo cambió. Ahora bastaba la menor nube como excusa para ser el hombre afortunado del paraguas alemán.

El primero lo olvidé en el 32 (el autobús, no el año), una tarde, hacia las seis cuando iba a ensayar. Bajé del autobús y el paraguas se quedó allí, para siempre en los asientos de atrás del todo, en el asiento con ventanilla. Me compré otro igual. El segundo lo perdí en la boda de Jordi Mestre, quien prefirió una preciosa mañana  gris para casarse, ideal para pasear con mi bastón mágico. Fue por la noche, acabé en un tugurio lleno de blues y-todavía- humo, encima de una silla, detrás del futbolín.

No sé por qué pero jamás compré un tercero. Tuve algunos paraguas menores, paraguas de indios y paraguas prestados. Pero de ninguno recuerdo con tanta exactitud dónde y cuándo los vi por última vez.

Tal vez porque arde el recuerdo en mi mente aparecen, como suele decirse,  envueltos en llamas.

miércoles, 15 de agosto de 2012

¿Mallorca?


Minamahal na kaibigan ng isang panghabambuhay:

 
Si un día de fragante amanecer, llegáis al siempre injustamente denostado Puerto de Sóller, os daréis un baño entre patos y barcas difícil de ponderar. El Lloret de Mallorca os acogerá con amor y tiendas guays. Subid al faro y contemplad después dónde habéis estado. De vuelta, y como quiera que vais motorizados, podéis seguir la pista del tranvía -historia viva- hasta el mismo Sóller donde os recomiendo las preciadas birras de barril en la terraza más llena de gente en el bar de la plaza.

Del norte al sur, La cala es Caragol de arina, por lo blanca -y salvaje y verde agua- os hará cruzar la adusta naturaleza de la isla y encontraros en un sueño.

Ya que seguimos sin orden, sabed que existe un fin del mundo en Formentor para el que debéis ir preparados porque aunque no hay marea, su altura, marea. Es la muerte de la Serra de Tramontana. Los pirineos mallorquines.

Mi recomendación concluye en el municipio de Deià. Paraje incomparable y corazón de la ruta de la Pedra Seca. Desde Palma, se accede hacia el norte por una carretera inolvidable. La puesta de sol por el mar es algo que sólo los mediterráneos occidentales sabemos apreciaran  como se debe y allí ponen una cada tarde. En Deià está Sa Fonda, un bar lleno de magia e historias increíbles, se dice que allí toco Mike Oldfield por sorpresa una vez. Si encontráis por el pueblo a un personaje de mediana edad con pinta de friegaplatos (aunque en realidad es un friegaplatos aunque en realidad debería ser el Washington Irving de la zona) preguntadle enseguida su nombre. Si se llama Josep Maria Reyes habéis perdido tres cuartos de hora y ganado un mundo de historia y cultura local. Suele ir a tirar la basura al lado del refugio llamado Can Boi. Luego estáis obligados a seguir las señales carrolianas que os llevarán por un sendero imposible hasta Cala Deià. Una infinita poesía de piedra y mar acodada en la falda de la Serra de Tramontana.

Y en Palma... encontrad el Bar Rita.



con amor
Dani

martes, 1 de mayo de 2012

Ley orgánica de supresión progresiva del sabor en prevención de la supervivencia del edificio aséptico

Van a tirar, van a tirar dos casas
de la calle Zaragoza.
¿sabes tú qué casas son?
¿sabes tú qué casas son?

La 29 y 31
las más bonitas de la calle
las más bonitas ellas  son.

domingo, 8 de enero de 2012

Buscando la luz verde


El primer taxista era de aquellos que dan miedo. Eran las 5 de la mañana del día de año nuevo y volvíamos de bailar y beber en casa de unos amigos. Jordi Mestre ya me advirtió hace años de que me despreocupara de ouijas y zombis, que los taxistas sí que pueden ser siniestros de verdad. Nos confesó Orlando, que así dijo llamarse el conductor, que era mayor de lo que parecía que lo había pasado mal en cuestiones del amor y que... en estos puntos abrazó el dispositivo antidesnucamiento del ausente copiloto y giró su cabeza hacia mi bella acompañante y me pidió disculpas de antemano. Se os ve muy felices, pero yo podría haberme enamorado de ti, ¿cómo te llamas? Me puse alerta y comencé a esbozar un retrato robot de aquella filosófica frase. De modo que se podría haber enamorado de una mujer que iba acompañada, disculparse, explicarlo sin rubor, para acto seguido abalanzarse sobre su presa preguntando su nombre. Todas estas elucubraciones que caben en dos líneas injustificadamente se me llevan mucho tiempo y no pude atender al resto de la conversación. Para cuando recuperé la realidad ya estábamos en el semáforo de la plaza y simulaba anotar el número de teléfono de Orlando ante su insistencia. A cambio sólo nos exigió que si encontrábamos un trabajo relacionado con el mundo animal le llamásemos. Porque me gustan mucho los animales.

En épocas de estrecheces económicas siempre acabo cogiendo muchos taxis y al cabo de pocos días me encontraba a bordo de un Seat Toledo conversando con otro conductor del ramo. Me explicó que el oficio de taxista era muy extraño y que, a pesar de llevar sólo una semana en el trabajo, ya era considerado un profesional por todo el mundo y que si uno quiere que le traten de usted sólo tiene que subirse a un coche negro y amarillo.

Anteanoche regresé en taxi con un percusionista amigo mío, y, de nuevo, la bella mujer pretendida por el primer taxista. Mi amigo músico, se sentó en el asiento de delante y nosotros dos detrás. Hablamos durante todo el trayecto, riendo convencidos de que estábamos protegidos. Sabíamos que esta vez el taxista iba a guardar silencio y a ser respetuoso. Y así fue, sólo sonrió tímidamente y miró un par de veces espontáneo y asustado a través del retrovisor hacia nuestra posición. Entonces lo descubrí. Es inexplicable, pero lo cierto es que el verdadero poder de esta estirpe de hombres oscuros (y amarillos) se encuentra en el asiento del copiloto. Al igual que a Sansón con su cabellera, cuando les falta el alma hueca y fantasmagórica del asiento de al lado, los taxistas no son nada. Por eso mi padre siempre dice, súbete adelante, hijo, que si no, parezco un taxista.