martes, 12 de abril de 2016

Un rascacielos en mitá de La Alhambra




En tiempos acelerados, y de ralentización burocrática, triunfa el posicionamiento por encima del conocimiento. Un buen ejemplo son las frasecitas decoradas con unicornios y arcoíris (¿cuál es, por Dios, el plural de esta palabra?) que campan por las redes sociales y que nos inoculan en segundos toda la sabiduría de la biblioteca de Alejandría, haciendo más necesario exhibir lo aprendido, por poco que sea, que profundizar sobre nuestro interés. No digamos ya ponerse a leer el libro entero.  La teoría del profesor López Castellano acerca de que los valores no desparecen sino que se cambian unos por otros, toma fuerza.

Cuando leí hace un par de semanas acerca del cierre de Radio Cájar, lo cierto es que pensé que se había perdido poco; acaso un hilo musical y algún programa que emitía de forma discontinua. Esto, según mis pesquisas llevadas a cabo durante los últimos dos años, de tediosa escucha, por aquello de que era la radio de mi pueblo y me hacía gracia. 

Hace un año, mi ánimo era muy otro y se me ocurrió un día, alentado por un espíritu constructivo ¿demasiado tiempo libre?, redactar un proyecto de lo que podría ser Radio Cájar. Como yo tengo aires de grandeza, le llamé El Proyecto Mercurio. Sí, el mensajero de los dioses, homólogo romano de Hermes, el griego.  Explicaba el proyecto porqué es necesaria una radio municipal, qué es la radiodifusión hoy en día, e incluso incluía una humilde propuesta acerca de cómo podría conseguirse una radio que no costara dinero. En fin, un proyecto.  Sería injusto decir que nadie leyó el documento,  o que nadie me ayudó a intentarlo, pero en cualquier caso, no lo hice completamente con ese fin , ni como divertimento para el prójimo o para lectura relajante. Deseaba que me aceptaran la idea, sí, pero también, que alguien me dijera con las manos en la cabeza que aquello era un desastre, que tenía faltas de ortografía,  que lo rehiciera, que lo completara. Deseaba que alguien lo maleara, que lo robara y lo pusiera en práctica, mientras yo llevaba currículums al McDonald's. Y en un futuro, con el corazón roto, escuchar todos los programas de una emisora que alguien había construido mucho mejor de lo que yo habría sido capaz de soñar. Porque no era un proyecto solo, era una carta de amor a Radio Cájar. Y en lugar de eso, desapareció.

Uno de los aspectos que más me emocionan de la radiodifusión es su condición de trampolín para la creatividad de la gente. Sí, la creatividad, un valor que por alguna razón me parece de lo más elevado y necesario de todos los valores. Y no, no van a poner un puente de Calatrava de punta a punta en el bosque de la Alhambra ni van a demoler el palacio de Carlos V para edificar encima un aséptico rascacielos de cien plantas. Solo imaginaba; un mundo peor es posible.

Si para mí es el amor de mi vida, para la política municipal, la radio es un jarrón chino,  la fiesta a la que no quieres ir y por la que has simulado interesarte. La radio de Cájar es -podría ser-  muchas cosas y este es el punto ignorado. Enorgullécete de tu fracaso que sugiere lo limpio de tu empresa, que como decía Agustín García Calvo, todo tu no saber es toda tu esperanza.

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